En la confluencia de un riachuelo y de un torrente pirenaico, un "gave", el vizconde de Béarn dotó a un burgo de un emplazamiento fortificado. Las estacas de sus empalizadas, "paû" en bearnés, dieron su nombre a la ciudad. Capital del Béarn, corte de los reyes de Navarra, ciudad protestante, después de nuevo católica, y para terminar inglesa… Doce siglos han dado forma a Pau. Dotado por Gaston Phœbus de una torre defensiva, y convertido en palacio renacentista gracias a Enrique II y Margarita de Navarra, el castillo de Pau presenció en 1553 el nacimiento del futuro Enrique IV, ¡mecido en un caparazón de tortuga! En 1620, después de que Luis XIII la devolviera a la Iglesia católica, la ciudad se llena de conventos. Pau desborda sus antiguas murallas, que no tardarán en ser demolidas.





 

Dos siglos más tarde, las guerras napoleónicas traen hasta Pau a los soldados de Wellington, embelesados. Pronto los beneficios del clima, tan confortable, atraerá a varios milles de extranjeros que vendrán a pasar el invierno. Los ingleses marcan el tono. Y dejan su huella : el primer campo de golf del continente, la iglesia anglicana de St Andrew, alrededor de trescientas villas con suntuosos jardines. Los poetas, Lamartine a la cabeza, se entusiasman con Pau, "la más bella panorámica de la tierra, al igual que Nápoles es la más bella panorámica del mar".

 




A principios del siglo XX, el bulevar de los Pirineos, "sublime terraza", une el castillo con el Parque Beaumont, dotado a la sazón de un equipamiento para el ocio: el palacio de invierno, actual palacio Beaumont.
Su restauración, en el año 2000, simboliza la importancia que Pau concede a su patrimonio: respetuosa con el pasado y acorde con su época.
Doce siglos de historia con los que soñar y éste a inventar. Pau.